Iniciación

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XXXVII

Continué el sendero en el bosque hasta la gruta, y me adentré en ella. Anduve largo rato hasta que llegué el corazón de todo: una pequeña fuente que deslizaba sus aguas por las paredes de la gruta hasta un pequeñísimo estanque. Todo era oscuro, plácido, sereno. Secreto. Allí la voz me habló desde la piedra, desde la inmensa caverna, con su voz ronca y profunda, y me impregnó con todo su mal, y toda su sabiduría arcana y prohibida, hasta que hizo de mi alma un bálsamo y pude dormir entre aquel lecho de rocas, entre aquellas voces que no debemos escuchar.

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